LA RIQUEZA DE LAS NACIONES: A 250 AÑOS

  • Prof. Dr. Jaime Vásquez Gómez, investigador del Centro de Investigación de Estudios Avanzados del Maule (CIEAM) y docente del Doctorado en Salud Ecosistémica (DOCSE) de la Universidad Católica del Maule.

 

En el presente 2026 se cumplieron 250 años desde la publicación de la obra “Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones” del filósofo escocés Adam Smith. Coincidentemente fue en 1776, el mismo año de la independencia de los Estados Unidos, conmemorado recientemente el día 4 de julio, de la mano de Thomas Jefferson y probablemente influida por la ilustración escocesa.

Adam Smith, reconocido pensador liberal hasta hoy en día, dio clases en la Universidad de Edimburgo y en la Universidad de Glasgow con contenidos relacionados a la retórica, a la filosofía moral, a la metafísica, entre otros. Fue un hombre, sobre todo, realista. En este sentido, sus grandes obras fueron La teoría de los sentimientos morales y “La riqueza de las naciones”, pero, según sus seguidores, le quedó pendiente un tratado sobre filosofía del derecho o “jurisprudencia”. De este último tema solo se encuentran algunos apuntes de sus estudiantes que se fueron diseminando durante el tiempo.

De su obra principal que recordamos este 2026, en sus diversos libros de texto, me referiré, según mi visión, a las ideas más relevantes y que, por supuesto, aún tienen vigencia.

La división del trabajo. La productividad aumenta cuando se van sumando sinérgicamente diferentes eslabones en la cadena de esa producción, diferentes habilidades, medios y métodos de trabajo, que se articulan para dar un producto final. Un ejemplo clásicamente comentado de Adam Smith es el funcionamiento de una fábrica de alfileres. Allí, como en otros procesos, la productividad se puede multiplicar e inclusive elevar al cuadrado u a otra potencia, pues el trabajo que antes hacía solamente una persona, ahora se realiza por varias de ellas, acompañado también por instrumentos y maquinarias que aceleran en trabajo. Todo esto resulta en una mayor oferta de ese producto o servicio que es demandado por el entorno.

La mano invisible. Se plantea la idea que la sociedad se amolda debido a las necesidades personales de los ciudadanos, como individuos, los que van dando soluciones a las demandas de otros y a la vez compitiendo con otros productores del rubro. Lo esencial es que este orden espontáneo surge necesariamente de la necesidad y del interés personal de cada uno para aportar al desarrollo social. El panadero, por ejemplo, realiza su emprendimiento primero pensando en su beneficio personal, en ofrecer un producto y fruto de ello obtener ganancias en dinero. Este se va propagando en el entorno para satisfacer necesidades alimentarias complementarias, luego para ofrecer empleo, para generar competencia, para ayudar a mantener el equilibrio de los precios, etc.

El orden espontáneo. Se relaciona con la mano invisible, esto es, desde los intereses personales del individuo se generan los emprendimientos como el invertir, el asumir riesgos económicos, el ofrecer una prestación y favorecer a la comunidad. Este orden espontáneo se elabora según las interacciones entre los demandantes y ofertantes en una dinámica muy cambiante, lo cual debe ser promovido por economías abiertas desde y hacia el interior y exterior de las provincias, regiones y países, esto requiere de una legislación que ayude dicho devenir, lo que a la vez va a generar una retroalimentación en los ciudadanos con el fin de ir modificando continuamente este orden espontáneo. Lo contrario a este principio serían las economías de planificación central elaboradas por los gobiernos, ya obsoletas, por cierto, en nuestros tiempos.

El egoísmo – intercambio. El intercambiar un bien por otro bien nace desde la necesidad de los ciudadanos, de cada persona, que busca obtener un provecho o beneficio por medio de ese trueque, el cual es de común acuerdo y busca ser compensado desde la contraparte. Dicha contraparte también busca lo mismo. Por lo tanto, es un egoísmo mal entendido. Nace desde la persona humana buscando su propio interés lo cual está basado fundamentalmente en una asignación de valor, no solo económico, sino de confianza, de certidumbre, de honestidad, que posee el intercambio y del cual se deriva un efecto dominó en el que varias personas realizan este proceso para beneficio personal y comunitario. Se trata de satisfacer el interés propio (no el egoísmo) en consenso con el otro, satisfacer ambos intereses, pero no a expensas del otro, inclusive involucrando aspectos de la virtud personal. Comentado también es el ejemplo de Adam Smith sobre dos perros intercambiando un hueso. El intercambio es propio del ser humano.

Estas conceptualizaciones sobre los postulados de Adam Smith siguen presentes en este cuarto del siglo XXI que ya llevamos. La pregunta es si se mantendrán en vigor con el aumento exponencial de la inteligencia artificial sobre los quehaceres de la conducta humana, en donde, en un futuro no muy lejano, las inquietudes por buscar un empleo formal, por evaluar qué carrera universitaria estudiar, y otras similares del desarrollo personal, quizá ya no serán un tema importante en nuestros cuestionamientos.

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