ALFABETIZACIÓN EMOCIONAL COMO ESCUDO DE SALUD MENTAL

Durante décadas, la escuela fue concebida como un templo del intelecto, un espacio donde el éxito se medía exclusivamente en puntajes estandarizados y coeficientes de rendimiento cognitivo. Las emociones, en el mejor de los casos, eran vistas como variables secundarias; en el peor, como interferencias que debían dejarse fuera del aula. Hoy, la realidad nos ha dado un golpe de timón definitivo. En Chile y el mundo, estamos entendiendo que no se puede cultivar la mente si se descuida el corazón. La “alfabetización emocional” ya no es una innovación alternativa: es una urgencia de supervivencia social.

A nivel global, el panorama está cambiando de forma estructural. La propia UNESCO ha dado pasos decisivos al integrar la educación socioemocional dentro de las metas de desarrollo global, asumiendo que el bienestar psicológico de las nuevas generaciones es la base para cualquier futuro sostenible. Países anglosajones y europeos llevan años institucionalizando programas de Aprendizaje Socioemocional (SEL, por sus siglas en inglés), demostrando que las escuelas que enseñan a identificar y regular lo que se siente, reducen de manera drástica los índices de acoso escolar, aumentan el sentido de pertenencia, favorece considerablemente el rendimiento académico, la salud mental, entre otros.

En Chile, el camino ha sido complejo pero sostenido. La reciente promulgación de la Ley 21.809 de Convivencia, Buen Trato y Bienestar de las Comunidades Educativas —que entra en vigencia este año— marca un hito legal sin precedentes. Esta normativa ya no deja el desarrollo socioemocional a la buena voluntad de cada establecimiento, sino que lo mandata como un contenido mínimo y verificable. Pasar de la gestión reactiva del conflicto a la prevención y promoción activa de la salud mental escolar es el cambio de paradigma que veníamos exigiendo desde la academia.

¿Por qué es tan vital esta alfabetización? La respuesta está en la alarmante crisis de salud mental que enfrentamos. Aprender a ponerle nombre a lo que sentimos —entender la diferencia entre frustración, rabia o tristeza— es el primer y más potente escudo contra los trastornos de ansiedad y la depresión que hoy saturan nuestras consultas. Una persona que carece de herramientas para tramitar el estrés académico o la presión social recurre, inevitablemente, a mecanismos de defensa disfuncionales: el aislamiento, la violencia o la somatización. En cambio, el estudiante “alfabetizado emocionalmente” desarrolla resiliencia; no es que no sufra, es que posee herramientas para transitar el sufrimiento sin destruirse.

Desde la Región del Maule, donde la ruralidad y las brechas socioeconómicas añaden capas de complejidad al aula, vemos día a día cómo el bienestar emocional impacta directamente en la capacidad de aprender. Un cerebro inundado por el cortisol —la hormona del estrés— bloquea las funciones ejecutivas de la corteza prefrontal. En términos simples: un niño que tiene miedo, que se siente solo o que no sabe qué hacer con su angustia, simplemente no puede aprender de las asignaturas, por muchas estrategias o metodologías que los docentes empleen.

El desafío actual no es menor. No basta con decretar leyes o colgar afiches sobre la empatía en los pasillos de los colegios. El verdadero reto radica en la formación docente. Los profesores chilenos necesitan herramientas formativas profundas y espacios de cuidado para su propia salud mental; debido a que resulta trascendental entender que no se puede entregar una competencia que no se posee o no se ha desarrollado.

La educación emocional no es un “parche” para la convivencia escolar, es la estructura misma sobre la que se construye una sociedad sana. Es hora de entender que alfabetizar las emociones es, en el fondo, dotar a nuestros niños y jóvenes de la educación, capacidad y herramientas para que desarrollen el lenguaje necesario para pedir ayuda a tiempo, convivir en paz y resguardar su derecho más fundamental: el de una salud mental digna.

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