Educación y compromiso en tiempos de crisis climática.
Por: Profesor Dr. Felipe Jacob Marín Isamit.
Facultad de Ciencias de la Educación – FACED Universidad Católica del Maule“El paraíso es el mundo natural anterior a la sobrecarga ecológica que el mismo ser humano provoca. Con el crecimiento de las poblaciones, la sobrecarga ecológica destruye el paraíso y el mundo natural es reemplazado por la comunidad como el ámbito de la existencia. En este proceso se abre paso la enajenación en la posesión. La agricultura permite la abundancia, pero exige el esfuerzo concentrado de muchos en momentos precisos, y la razón justifica la entrega individual de independencia en tales momentos. El que posee las cosas, el que posee la verdad, recibe el poder de la obediencia. Aún estamos allí. (Maturana, 2020, p.337)
El pensamiento de Humberto Maturana sin dudas permite nutrir perspectivas ecocéntricas y biocéntricas clave dentro de una Educación Ambiental crítica, donde se aborda la crisis planetaria no solo como un problema técnico o ecológico, sino como una expresión de ciertas formas históricas de organizar la vida humana. Cuando afirma que “aún estamos allí”, nos recuerda que persisten lógicas antropocéntricas utilitarias y economicistas de posesión, subordinación y obediencia que han debilitado la relación colaborativa con la naturaleza y con los otros. En ese sentido, la crisis climática actual no es una anomalía externa como algunos infieren, sino la consecuencia de un modo de habitar el mundo que ha privilegiado la competencia, el sometimiento de pueblos y la acumulación de bienes por sobre el cuidado ambiental, la justicia social y la interdependencia. Desde esta perspectiva, la educación tiene la responsabilidad de formar una conciencia crítica ecosocial capaz de cuestionar esos patrones y de promover formas más justas, solidarias y sustentables de convivencia.
Estamos allí, donde cada 5 de junio el mundo celebra el Día Internacional del Medio Ambiente, fecha establecida por las Naciones Unidas en 1972 para recordar que la conservación, preservación y restauración del entorno natural es esencial para el bienestar humano y el desarrollo económico global. Sin embargo, más allá de la conmemoración institucional, esta jornada debería invitarnos a reflexionar críticamente sobre cómo la crisis ambiental nos afecta directamente en nuestro territorio: la Región de Maule, y qué rol tenemos las instituciones educativas en la construcción de respuestas colectivas, como por ejemplo más allá de la restauración ecológica avanzar de la mano una restauración del ser.
Vivimos en una región donde la sequía crónica ha transformado nuestro paisaje, donde los incendios forestales repiten su ciclo devastador cada verano, donde observamos una perdida generalizada de biodiversidad y donde la agricultura familiar —columna vertebral de nuestra soberanía alimentaria y economía local— enfrenta desafíos sin precedentes. A su vez, vivimos en un país donde observamos una tendencia sesgada a invisibilizar, desatender e incluso negar la crisis ambiental, lo cual genera un efecto profundo en la comunidad: la desmovilización ecosocial y biocultural, la pérdida de conciencia sobre la urgencia del problema y, finalmente, la pasividad frente a un desafío que requiere acción inmediata, crítica y transformadora.
En nuestra Universidad Católica del Maule, el compromiso con la sustentabilidad ambiental está institucionalizado en nuestro Plan de Desarrollo Estratégico 2024-2028, que integra cuatro de once objetivos específicos orientados a la sostenibilidad, que se complementan de manera estratégica dentro del plan institucional. Este compromiso no es declarativo, se materializa en el cada Facultad y otras unidades, buscando instalar una cultura de sostenibilidad desde la formación profesional inicial y continua, y en consecuencia tanto al interior de la universidad como en el servicio, demostrando que la vinculación territorial es el eje que conecta la academia con las necesidades reales de nuestra comunidad.
En particular, nuestra Facultad de Ciencias de la Educación tiene un alto compromiso con la formación de un profesorado sensible y activo frente a la crisis ambiental. Nuestros futuros docentes no solo reciben formación pedagógica, sino que desarrollan competencias para abordar la Educación Ambiental como un componente transversal de su práctica profesional. Esto se refleja posteriormente en su ejercicio profesional, donde destacan egresados de Pedagogía en Educación General Básica que movilizan iniciativas en sus comunidades como la certificación ambiental de sus escuelas ante el Ministerio de Medio Ambiente (MMA) y desarrollo de huertos escolares. Donde hoy más allá de la enseñanza de las ciencias profundizan prácticas interdisciplinares de agroecología escolar y restauración ecológica vistas como procesos de soberanía, resiliencia y emancipación social muy necesarias de revitalizar en nuestros territorios urbanos y rurales de montañas, campo y mar.
Retomando la perspectiva de Maturana, “aún estamos allí”, la generación de restauración a la que convoca el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) no es un eslogan vacío, sino una llamada a la acción colectiva que requiere la participación política en general, de gobiernos locales, empresas y ciudadanos, y como imperativo de las universidades. Pero esta acción no puede ocurrir sin una transformación educativa profunda y sin una formación docente decididamente ecosocial y biocultural que permita comprender ¿Qué tipo de habitante estamos formando? no tratándose solo de enseñar a los niños a separar residuos, sino de formar personas capaces de cuestionar los modelos de producción y consumo insostenibles, de comprender las causas estructurales de la crisis climática, de actuar con responsabilidad ética frente a un futuro común, educando para el cuidado la conservación y la restauración, llamado urgente desarrollado por el Papa Francisco el año 2015 en su Carta Encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común.
La Educación Ambiental crítica intenta desde sus postulados, hacer parte del acto humano de ser conscientes del daño que ocasionamos a diario a nuestros hábitats, activos frente a la protección y la restauración ambiental, “normalizando” estas prácticas como componentes esenciales de la vida cotidiana. Sin esta transformación biocultural, las políticas públicas y las iniciativas tecnológicas serán insuficientes. El medio ambiente no es un tema “de otros” o “para después”. Es nuestra realidad diaria, nuestro futuro colectivo y nuestra responsabilidad ética. En este Día Internacional del Medio Ambiente, invito a la comunidad académica de la UCM, a las autoridades locales, a los profesionales de la educación y a cada ciudadano de Maule a preguntarse: ¿estamos haciendo lo suficiente para enfrentar la crisis que nos atraviesa? ¿Estamos formando a las nuevas generaciones con la conciencia y las herramientas necesarias para cuidar nuestro único hogar común?
Porque al final, no tenemos otra casa. Y en Maule, como en todo el mundo, el tiempo para actuar es ahora. La educación es esa voz publica, informada, planificada que puede transformar desde el dialogo de saberes la conciencia en acción, y la universidad tiene un rol protagónico en ese proceso. No podemos permitir que la negación, la invisibilización o la pasividad continúen dominando el discurso público cuando la crisis ambiental ya nos golpea en todos nuestros territorios.
La respuesta desde nuestra FACED es clara: educar, movilizar y actuar.

