Por: Marcelo Sepúlveda.
Profesor de Estado.
Vengo desvestido de pesares, acurrucado por el hálito del arcoíris que anuncia el final de la lluvia, vengo complacido, engendrado por el viento mientras la tarde se oscurece, un pionero detrás de sueños rotos, pasa el tiempo y comparto la misericordia del que se atreve a enfrentar a los ejércitos del mal, soy prefacio y síntesis, nudo de palabras en un cuento breve, o rima en mis versos de color, soy tu imagen y devaneo en la cumbre de sí mismo; mañana, pondré límites a la invención, buscaré retratos de pintores antiguos y canciones de payadores dibujadas sobre el cemento de la calle; hoy, es el día de iluminar la noche con destellos de luciérnagas y demoler los molinos de la locura.
Este es el tiempo de la misericordia, de aguardar la necesidad del semejante, de practicar la solidaridad, la ayuda desinteresada, el compromiso de ligar un mundo nuevo sin dolor, agresión o ataque violento, de ruptura, enajenación y miedo; aquí, la verdadera atención del necesitado se manifiesta en la entrega desinteresada, en la particular ayuda ante el que nada posee.
Mañana, será un día de ventura, un tiempo de amor y sacrificio, de entrega vital ante aquel que se encuentra encarcelado en los umbrales del infierno voraz… En la locura demente del que busca consuelo en un abrazo sincero.
Demente, busco rumbo y destino, locura agreste me enredas entre las páginas de libros antiguos, en manuscritos, canciones de juglares narrados en la plaza en el centro de la ciudad, de imágenes digitales y fotografías antiguas sobre papel cartón.
Cuento las hormigas que viajan en desfile desde el fondo de la tierra hacia la cocina para buscar alimento, admiro la colmena ordenada en capullos de miel, asusto a las bandadas en viaje a sitios de remanso, escribo historias narradas de boca en boca, enciendo la luz y me dispongo a deslumbrar las piedras que adornan el patio.
Ya es noche oscura en este invierno, ya me dispongo a dormir y viajar a sueños fantásticos donde todo es posible, a mirar de reojo hacia la ventana, pues puede aparecer un fantasma azul que asuste mi conciencia.
Descanso, mañana habrá otra tarea y misión, un espacio para agradecer la virtud de la existencia y la posibilidad de épocas virtuosas en el confín del planeta.
Una lumbre eléctrica destella a la distancia, perros aúllan ante la noche y la sangre del cordero marca cada domicilio: salvos serán aquellos que cumplan la ley divina y se declaren creyentes en un paraíso por venir.
El consuelo de un abrazo me hace feliz antes de ser condenado a muerte, dejaré mis huellas tendidas sobre el pavimento de la calle y descansaré en viento cálido después del invierno, todos somos pieza fundamental y meridiana en el universo del todo…

