Por: Dr. y Pbro. Mauricio Albornoz Olivares.
Decano de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule.
A comienzos de agosto la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), publicó las nuevas bases del concurso postdoctorado. Por primera vez desde su creación en 1991, el fondo definió 10 áreas prioritarias, a las que podrá destinarse hasta el 70% de las adjudicaciones; las Humanidades y las Artes por ejemplo, quedaron fuera de esa lista, y las Ciencias sociales solo contempladas en determinados ámbitos. Si bien las disciplinas ahora discriminadas en la base de las postulaciones siempre han tendido una priorización menor, incluso inferior al 30% ahora posible, la decisión de explicitarlo como política genera una predisposición confusa, incierta, especulativa y estratégicamente errática, dado lo que hasta ahora ha ocurrido de hecho.
Sin embargo, en medio de la incertidumbre se nos abre una oportunidad, a saber, la necesaria reflexión que como Universidad o como país debemos hacer desde las disciplinas afectadas, y desde la otra ladera, me refiero a las disciplinas aparentemente beneficiadas: no hay manera de aprender a nadar en aguas turbias sin entrar nunca en ellas.
La buena educación siempre debe entrar en contacto íntimo con el orden de las cosas, pero esto no es igual, ni equivale a un gran proyecto deslumbrante de algún “genio”. Tener un intelecto cultivado, justo, desapasionado, un comportamiento noble y cortés en toda circunstancia de la vida; son cualidades connaturales de un alto nivel intelectual, objetivos de una Universidad, deseables en una sociedad y en un país, pero no son garantía de una conciencia recta, ni de un comportamiento ético esperable, pues, pueden constituir la vida y permear las decisiones de un derrochador egoísta o un descorazonado investigador. No pocas veces, la mente educada o el intelecto cultivado tienden a sustituir la humildad, lo que directamente limita la conciencia al sentimiento de lo que le es adecuado y atractivo, y que, en consecuencia, puede poner en peligro un camino humanizador.
Buscar instaurar una práctica social y colectiva, que exprese la coherencia entre las políticas formales y los valores institucionales de una Universidad en todos sus estadios, es precisamente lo que hoy podríamos llamar una cultura de calidad, siguiendo las descripciones que la misma CNA, nos proporciona, y de esto debemos mostrar coherencia, no solo en la academia, sino en el aparato administrativo que la sostiene, cuestión imposible sin el desarrollo de las disciplinas que han sido, al menos, políticamente discriminadas en este caso.

