A PROPÓSITO DEL DÍA DEL PROFESOR: EL BIEN QUE RESGUARDA LA PROFESIÓN DOCENTE Y LAS CONDICIONES QUE LO HACEN POSIBLE

  • Por:   Dr. Gerardo Sánchez Sánchez.
  • Decano de la Facultad de Ciencias de la Educación Universidad Católica del Maule.

 

Toda profesión representa una actividad humana que encuentra su sentido en la contribución de un bien específico a la sociedad. En el caso de la docencia, cabe preguntarse: ¿Cuál es el bien específico que esta profesión resguarda y promueve? y ¿Qué nivel de reconocimiento social recibe hoy ese aporte fundamental del profesorado?

La docencia, al igual que otras profesiones, se configura a partir de la necesidad de una preparación especializada para su ejercicio, expresada en conocimientos, habilidades, estándares y competencias según sea el enfoque adoptado en su diseño, implementación y evaluación, y la delimitación de un campo específico de actuación.

En lo específico, su actuación incluye dos dimensiones fundamentales. Desde una parte, la dimensión cognitiva que asegura en el profesorado el conjunto de conocimientos y las destrezas requeridas para el ejercicio de su labor; y desde otra, la dimensión deontológica, asociada a la responsabilidad que implica el trabajo con personas, ya que la acción desarrollada incide profundamente en la vida de otros seres humanos: niños, niñas y jóvenes.

Volver sobre la pregunta por el bien específico que cuida la profesión docente supone reconocer que su núcleo radica en el imperativo ético del cuidado del otro representado por la figura del niño/niña/joven, junto a sus familias y comunidades. Este compromiso educativo supone promover una formación integral orientada al desarrollo espiritual, ético, moral, afectivo, intelectual, artístico y físico, mediante la transmisión y el cultivo de valores, conocimientos y destrezas. Una educación que se enmarca en el respeto y valoración de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, de la diversidad multicultural y de la paz, y de nuestra identidad nacional, capacitando a las personas para conducir su vida en forma plena, para convivir y participar en forma responsable, tolerante, solidaria. Esa finalidad implica necesariamente una educación comprometida con la formación de sujetos críticos y transformadores de la realidad.

Sin embargo, a la luz de los discursos y prioridades que hoy emergen desde distintos ámbitos sociales y, particularmente, desde las autoridades educativas, pareciera no existir claridad en torno a ese bien que está llamado a resguardar la profesión. Esta constatación resulta preocupante, pues dicho propósito no puede materializarse únicamente mediante declaraciones o expectativas normativas; requiere condiciones institucionales, recursos adecuados y formas concretas de reconocimiento profesional pues de lo contrario, todo queda reducido a un intento fallido. En ese sentido,  cuando hoy nos disponemos a celebrar un nuevo día del profesor, ¿el sistema educativo promueve deliberadamente ese bien asociado a la profesión docente?, ¿se propician las condiciones reales para una formación centrada en el cuidado del otro, en la otredad, expresada por los estudiantes, sus familias y sus profesores?, ¿qué tipo de persona y ciudadano termina promoviendo nuestro sistema educativo?, ¿posee el profesorado un efectivo reconocimiento social y laboral para llevar a cabo su tarea?, son preguntas que ponen de manifiesto la paradoja entre un ethos burocrático y uno verdaderamente profesional.

Estas preguntas nos remiten a las condiciones necesarias para hacer realidad la concreción de ese bien que cuida la profesión docente. El escenario actual complejiza el desarrollo de esta tarea, desencadenando dificultades y consecuencias en la trayectoria profesional de quienes la desempeñan. Entre las dificultades figuran el desgaste emocional, asociado a situaciones persistentes de estrés, presión o exigencias constantes que exceden, en muchos casos los recursos personales disponibles para afrontarlas, afectando el bienestar y el desempeño profesional. A ello se agrega la sobrecarga laboral, derivadas de la creciente cantidad y complejidad de tareas asignadas que superan el tiempo, los recursos y las capacidades disponibles para su adecuada realización. Ello deriva en aumento del estrés, dificultad para conciliar la vida personal y laboral, lo que afecta la salud física y mental del profesorado. Asimismo, la burocracia desmedida expresada en la multiplicación de procedimientos, normativas y requerimientos administrativos, termina por obstaculizar la toma de decisiones y la acción pedagógica, generando frustración y distanciando a los docentes de su labor central de enseñanza y acompañamiento de los estudiantes.

Finalmente, la ausencia de respaldo institucional reflejada en la falta de recursos, orientaciones y reconocimiento adecuados, contribuye a una creciente sensación de aislamiento y desmotivación, dificultando el cumplimiento de los objetivos educativos e institucionales, además del desarrollo profesional de los docentes.

Como parte de las consecuencias del fenómeno, la UNESCO proyecta un déficit superior a los 44 millones de docentes en el mundo para el año 2030, mientras que la proyección de Elige Educar estima que para esa misma fecha faltarán alrededor de 33 mil profesores especialistas y el actual estudio de Fundación SM y la Universidad de Chile establece que más de 8.000 profesores abandonan las aulas cada año. Estos datos confirman que la valoración social del rol docente, que sitúa a los profesores como un aporte sustancial a la sociedad, no se condice con la realidad.

En consecuencia, nos encontramos en un momento social en que se diluye el bien específico que está llamada a resguardar la profesión docente, condicionado además por el influjo de políticas educacionales que continúan promoviendo reformas centradas en la rendición de cuentas e incentivos. De este modo, el trabajo del profesorado se vincula a una gobernanza escolar sustentada en lógicas de mercado y competencia, expresadas en sistemas de evaluación estandarizada y mecanismos de motivaciones extrínsecas, desarrollándose un trabajo escolar orientado a la cobertura curricular. Por ello, la conmemoración del Día del Profesor constituye una oportunidad privilegiada no solo para reconocer la labor de quienes enseñan, sino también para valorar el bien que custodia la profesión docente: la formación integral de las nuevas generaciones. Al mismo tiempo, invita a reflexionar sobre las condiciones institucionales, laborales y culturales indispensables para que ese compromiso pueda desplegarse con sentido, dignidad y efectividad en beneficio de toda la sociedad.

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