Es momento de atacar los actos de violencia en el fútbol amateur.
Es imperioso que, consecuencia de estos hechos que han sido recurrentes en los recintos deportivos, se sancione no solo a aquellos sujetos que intervienen en peleas, riñas o provocaciones, sino que actuar previniendo esos mismos actos pudieran derivar en atentados personales llegando-incluso-al riesgo de producirse una muerte en una cancha de fútbol.
Quienes estén a cargo de organizar eventos, deben hacerlo priorizando desde la prevención.
Ellos tienen el deber de descubrir, evaluar y sancionar y, en este contexto, tanto clubes como asociaciones deben acordar la aplicación de drásticas medidas que permitan frenar definitivamente estos comportamientos que terminan alejando al público de los recintos deportivos, por temor o angustia a ser agredidos o presenciar hechos que rayen en el vandalismo y se ponga en riesgo la integridad propia.
Del mismo modo, los árbitros deben contar con las herramientas necesarias para actuar, respaldados por normas internas de aseguren la aplicación de medidas disciplinarias sancionatorias y correctivas.
Mucho se dice, pero poco se hace.
La violencia en el fútbol no solo se produce en el campo de juego, sino que muchas veces viene desde el exterior, el entorno, las redes sociales, entre otros y culmina con agresiones entre hinchas o grescas entre jugadores.
Un grupo de árbitros maulinos, está colaborando con una serie de recomendaciones a los dirigentes a cargo de la organización de los torneos, con la finalidad de erradicar la violencia que se ha sentado en el fútbol amateur.
Es recurrente las patadas, codazos, golpes de puños, escupitajos y agresiones verbales, cuyos autores son objeto de amonestaciones o expulsiones, pero siguen siendo insuficientes.
Sin embargo, hay situaciones que no se ven o bien se omiten respecto al ataque físico o verbal de que son objeto las personas, tal es el caso del racismo o la xenofobia.
Muchos dicen “que esos actos de violencia que ocurren fuera de la cancha, no deben tomarse en cuenta”, pero esto no es así, ya que afecta, motiva o compromete otros comportamientos, en especial para quienes forman parte del juego mismo.
Desde esa perspectiva, se puede perfectamente intervenir.
¿Cómo hacelo?
Envistiendo a los árbitros de facultades para detectar a un barrista o un tercero que está participando del espectáculo y que se ensañe profiriendo insultos reiterados a un jugador, un entrenador, un dirigente, al mismo árbitro o sus asistentes, dándole la misma connotación de que sea una agresión física.
Lamentablemente los “insultos” han sido normalizados por la sociedad.
Pero la reiteración de los insultos hacia una persona en particular, representa una agresión, cuyas consecuencias posteriores se desconocen hasta donde llegarán.
El árbitro debe percibir ese comportamiento, hablar con el agredido, auscultar cómo se siente y cuanto le hiere esos ataques.
Debe ser capaz de sancionar ese acto deteniendo el partido, conversar con el director de turno y los presidentes de ambas instituciones informándoles que se está produciendo una agresión.
Para ello, debe identificar a los agresores y advertir que, de no terminar con esos ataques que menoscabe la integridad física o psicológica de la persona a la cual están siendo dirigidos esos insultos, se debe dar por concluido el partido, informando falta de garantías del club al cual pertenece aquel sujeto.
Por ende, que se aplique la respectiva pérdida de puntos.
Lo anterior, se propondrá poner en práctica muy pronto en los torneos oficiales de la Asociación de Fútbol Amateur de Talca, amparado en el reglamento de ANFA vigente.
La idea es evitar que crezca ese manto de hostilidad que muchas veces se genera desde el tablón, enrareciendo el ambiente para lo cual se advertirá a los actores de lo que está ocurriendo a fin de tomar inmediatas medidas disciplinarias.
Muchos seguramente no estarán de acuerdo, por el riesgo que representa para el fútbol algunos que no entienden que el fútbol es un juego y se puede ganar o perder, pero el resultado que se dé, se debe aceptar hidalgamente, ya que siempre habrá una nueva oportunidad.

